




Ante una naturaleza carente de juicio, fuera del prisma social del que proviene un profundo antropocentrismo, donde el valor humano es equivalente al de un árbol, ninguno o todo, siendo en última instancia lo mismo, allí se encuentra el verdadero valor de la existencia, lejana al bueno o malo, al lleno y al vacío, al mas que o menos que, todo pierde sentido humano cuando no es enjuiciable ante su cárcel conceptual, ese mismo juicio aleja a la cosa misma de su esencia, de su neutralidad otorgándole un valor que intrínsecamente no tiene.